Un ángel cayó

blanco 2 Por María Caridad Esquivel Díaz

Todavía es rosas carmesí su corazón inerte. Todavía su hija Lizbeth, que fue la luz de sus ojos, no tiene consuelo. ¿Qué consuelo va a tener…? Hasta yo, que en medio siglo no conocí casi a Piter, este Día de los padres quise pensar más en él y su hija –su apego filial más recíproco– que en mi viejo, quien pudo arrebatarle a los ahogos un tercer domingo de junio más.

Piter ha muerto. Una noticia súbita, tristísima. Porrazo que ronda el Piter de antes, el de todavía y el de después: Antes, yo estaba al corriente de que su deseo más cardinal era ver a su hija en las mañanas; supe también que la calificación más alta que recibió en sus andares de intelectual destacado fue el de Buena persona; y que, en cada llegada crepuscular para saber de Lizbeth, reverenciaba aquel espacio entre el suelo y el cielo con una sonrisa tímida y amable, ofreciendo excusas con cada gesto por acercarse, como si el lugar estuviera habitado por los ángeles, como si todos no estuviéramos un poco enfermos.

Se trata de evocaciones que no deben irse al silencio con él, a su pedacito de nube. Dar cuenta de ellas, echa para afuera en alguna medida esta suerte de vacío que no cabe en el pecho. De modo que continúo Lizbe, con tu permiso. La muerte no quiso tratar despacio a Piter, aun cuando ella, que de todo sabe, sabía que él era presa mansa: roto uno de sus lados de andar, ayunado de los artificios (los de él) que se agencia la gente para seguir viviendo. Y entonces lo golpeó bajo. Por eso en ese duelo desigual él fue más inmenso: se dejó sobrio, mientras ella no se contiene, no cae, no se abstiene. De nada.

Cada vivo precisa todo el tiempo de apuntalarse, para respirar y conformarse o no conformarse, y seguir… De tal manera pensemos, Lizbe, que Piter aún no sabe ver bien, sin tu luz; pero después se acostumbrará y notará que en su nueva morada –no puede ser otra– puede verte sin venias, ni timidez. Allí todos, como él, son de alma y alas blancas, ni más ni menos. Y hasta es probable que empiece a ser feliz otra vez; acaso tú le evites, con tu aire y tanta vida, la añoranza por sus encuentros contigo en los costados de cada mañana.

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