La séptima puerta

manos 2 Por: María Caridad Esquivel Díaz

Ilustración: Internet

Mi hermano Mingo, mi tío Chente y yo somos casi de la misma edad. De niños, anduvimos siempre juntos, unidos como una misma vida; de adolescentes, hubo que encauzar rumbos distintos y, de adultos, cada vez que nos vemos nos ponemos al tanto de lo nuevo que hicimos con nuestras manos, seis manos de abrir cerrojos, manos que son como las puertas mismas. Y yo siempre me acuerdo del día que fuimos a ver la película, cuando teníamos cinco y seis años.

El confín de Vueltabajo donde vivíamos era un cortinaje de terciopelo verde que asomaba por el cielo y caía con dejadez sobre las lomas. En uno de sus ángulos, en el inferior, estaba la casa que construyó mi padre cuando se casaron él y mi madre; en otro, pudiera decir que en uno intermedio, quedaba la de los abuelos; y en otro, en el superior, se pegaban a las nubes el camino real y la diminuta escuela. Ante nuestros ojos reposaba ese horizonte majestuoso, al que habíamos accedido sólo hasta llegar a la casa de mama (así le decíamos a la de los padres de mi padre). Lo demás, los parajes más altos, eran el ancho espacio desconocido, ignorado hasta aquella vez que vino el cine.

El ruido aparecía por el lado derecho del paisaje, irrumpía en la quietud de la mañana anunciando los ecos del mundo, y avanzaba hacia la escuela que estaba en el punto izquierdo. Mi hermano Mingo, mi tío Chente y yo pajareábamos entre las colmenas y los aguinaldos, y miramos perplejos el carro moviéndose con su caja blanca a cuestas. Parecía un caracolito del patio que, al atreverse e ir tan lejos, había alcanzado dimensiones tremendas.

Aquella paz sólo la había turbado en menor medida, cuando pasaban, la guagua checa y los cencerros de los mulos de Tomás El arriero, susurros inofensivos a los que ya ni mirábamos siquiera. Total, pasaban; y nada más.

Pero el carro del cine era otra cosa; aquello dislocó la placidez habitual de nuestros juegos: las abejas surcaban en loco zumbido las matas de campanilla, volaban en remolino y se precipitaban trastornadas sobre las enredaderas, y nosotros tres emprendimos viaje a la escuela, donde iban a poner la cinta. Puestos los trajes de domingo y con los pies cenicientos, cada cual llevaba sus mejores zapatos en un cartucho para usarlos cuando alcanzáramos el camino real. ¡Toquen la puerta!, nos voceó mi madre cuando ya íbamos bien lomarriba; se percató: era casi mediodía, a esa hora había que cerrar la escuela para conseguir las tinieblas que hacen falta para ver bien tratándose de cine. Y a tiempo nos conminó otra vez: ¡Toquen la puerta! La oímos bien.

Andamos y andamos, ignorando las guayabitas del pinar silvestres que desde la orilla de los atajos nos rozaban las barrigas, resistiendo un sol que abrasaba. Al fin alcanzamos la vía de tierra viva que conservaba las huellas de las ruedas del camión, nos pusimos los zapatos, y por sobre ellas caminamos hasta llegar a la improvisada sala, que, en efecto, estaba cerrada a cal y canto.

Afuera no vimos ni un ser. Sólo nosotros en el exterior, y la película y su gente adentro. Nos acercamos a la portezuela, miramos por las hendijas y vimos luces y formas azulosas. La alegría loca de una hora atrás, en ese momento se volvió una avidez misteriosa por entrar; e hicimos lo que indicó mi madre. Tocamos la puerta: pusimos las seis manitos, estas mismas que hoy son como puertas, sobre las vetustas tablas calientes, muy en silencio, no fuera que alguien nos oyera. El tiempo pasaba, un cuarto de hora, media, quizás más; se nos quemaban las palmas de las manos pegadas a la puerta… Y nada, no abría. No pude abrirla, me reprocho todavía.

Creo que el Astro Rey nunca tuvo unos mártires más bravos, sin embargo desistimos. Justo cuando despegamos las manos y dimos la espalda sentimos el bullicio de las personas que salían; entonces, a hurtadillas, pudimos ver la pantalla completa: caminaba de abajo hacia arriba una multitud organizada de signos y letras negros, nada más parecido a los enjambres de abejas que a menudo atravesaban el cielo de la casa. Cuando todo desapareció por el techo, nos perdimos entre la gente, dirigimos los pasos al terraplén y caminamos sobre nuestras propias huellas a la inversa. Corriendo vereda abajo comimos guayabitas hasta la saciedad.

Mi madre planchaba sábanas almidonadas. A Chente le dio por preguntarle de dónde salían las luces de las películas. –De la corriente –debió responder ella. No le vimos humor como para escucharnos, así que volvimos al colmenar; las abejas habían recuperado el sosiego y allí estaban también el gato y las alondras. Y les contamos.

Tardó días en gastarse aquella rara emoción de haber visto la película, algo estrambótico que rayaba en el castigo. Duró hasta que volvió el cine (fue por septiembre, ya había una maestra y en breve empezábamos a ir a la escuela). Esa vez nos llevó mi madre: entonces ella, frente a la puerta, hizo algo que nunca antes habíamos visto hacer. En nuestras casas las puertas permanecían abiertas; además, todos llegaban cantando y eso, en el monte solo y remoto, se oye desde lejos; por eso nunca nadie tuvo que tocar. Pero bueno, las madres lo saben todo en este mundo; de modo que tocó la madera con los nudillos: toc-toc-toc, tocó seguido y alto y fuerte, hasta que abrieron. Entramos y nos acomodamos frente a la pantalla en donde, por casi dos horas, sonrió para nosotros la bella Sara Montiel, quien nunca dejó de ser para mí “Carmen La de ronda”. Sólo entonces el cine nos produjo impresiones más agradables. Y seguimos creciendo.

Las manos de mi hermano Mingo, el experto doctor en Medicina y especialista en Ginecología y Obstetricia del más alto grado, Oscar Esquivel Díaz, han extraído a la vida a miles de seres, incluidos sus tres hijos y algunos sobrinos; han sacado muelas y hecho cirugías de Ortopedia, cosido heridas por accidentes masivos y aliviado dolores de todo tipo en recónditos parajes de África y América Latina; hoy andan por el Ministerio de Salud Pública cubano cuidando del Programa Materno Infantil (PAMI). Las de Chente, Inocente Esquivel Torres (su santo es el 28 de diciembre), se saben de memoria todos los secretos de la luz, es un Liniero que pone más que quita la corriente en Sumidero y Minas de Matahambre, Pinar del Río. De las mías no quiero decir; sólo que ya mueren por no haber hecho todo lo que quisieron hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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