Acribillados

rojo 2De: María Caridad Esquivel Díaz

Ayer Pinar del Río dio el último adiós a otro de los integrantes de los legendarios Malagones, primera milicia campesina de Cuba. Por ser pinareña y otros andares, conocí a algunos de estos hombres, coterráneos, contemporáneos de vida y lucha de mi padre. Publico nuevamente estas letras –escritas en 2014–. A la memoria de Hilario Fernández Martínez.

Mi padre, Yeo, como le digo, nació hace casi ocho décadas. Vive con enfisema pulmonar, la enfermedad del minero, dicen; y vive con manía de trabajar, y con mi madre.
Por eso, y porque mi madre –visto y comprobado– ya no puede pernoctar en una butaca de hospital, es que soy su acompañante cuando lo ingresan para aliviarle las crisis de ahogos (como dice él), más frecuentes en la medida que el tiempo pasa.
La última vez fue a finales de agosto: el calor de agosto por añadidura. Sin embargo, de aquellas noches, hay una de la que quiero acordarme. A Yeo le dio por hablar:
“… eso, todavía da dolor, hija. Piripo Vaquero, de irse a trabajar pa´bajo de la mina, se fue pa´l ejército. Piripo tenía 16 ó 17 años, igual que yo, o que Tolo mi hermano, ahora pudiera estar vivo pero lo fusilaron”, me contaba mientras seguía aliviándose con los dedos la única vena que la enfermera de terapia le lograba canalizar, hinchada, adolorida. Y seguía hablando, como salido de un libro de Cofiño o del Cuentero Mayor:
“Pa´ganarse la vida estaba la tierra, o ser minero, o ser guardia. Papá menos mal que decidió pa´nosotros la mina. Te decía que lo de Piripo fue triste: enseguida se hizo Cabo, en menos de seis meses yo creo; la gente murmuraba, con recelo, que había subido como la espuma. Eso, hasta que se supo que había superado al cabo Lara. Entonces el recelo se volvió miedo. Y lágrimas. Porque en el monte los seres se quieren entre ellos; y lloraban por los muertos, y lloraban por Piripo, que ya no corría descalzo cantando como los ruiseñores, él desde chiquito imitaba a los pájaros…”
Mi padre vio la luz en 1940, entre los mogotes de Viñales, cerca de donde Antoñica Izquierdo hacía milagros con agua sola. Y ni ese legado pudo salvar a los que Piripo Vaquero amarraba brazo y pie izquierdos a un árbol, y brazo y pie derechos a la parte trasera del carro para después poner en marcha el vehículo; tampoco el agua de la Cordillera de los Órganos pudo hacer nada por Piripo, cazado tiempo después por Los Malagones en las lomas de Pons. Decían los del pelotón de fusilamiento –me contó también mi padre– que oyeron a Piripo decir que de lo único que se arrepentía era de los gritos de sus víctimas, porque nunca se le salieron de los sesos; y que eso le mereció más de un tiro de gracia.
El tiempo se fue entre los dedos, llegó la hora del medicamento. Otra vez. La enfermera de terapia encendió la luz y se acercó a la cama mientras mi padre se incorporaba valiéndose de mi ayuda y de su brazo derecho. Con el de la vena “buena” a buen recaudo, miró a la Seño, de sus ojitos apagados salía la súplica: ¡No me pinchen más!; pero enseguida cedió. El brazo al alcance de la aguja, un intento, dos, cinco, siete…, los ojitos risueños de mi padre llenos de lágrimas, el ahogo de nuevo por el nerviosismo; y una frase sin juicio que la enfermera no alcanzó comprender:¡Hizo bien Piripo cuando no quiso ser minero!

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