El amor está en el aire profe

SUBIRPor: María Caridad Esquivel Díaz

Hay algo de mágico en todo lo que se acaba, en lo que se va, mientras existe la memoria, claro. Hasta los déspotas de cuando éramos jóvenes que, junto con otros tesoros divinos se fueron para no volver, tienen un dulce lugar en la nostalgia.
Hoy, debe ser por eso que llaman asociación, tengo enredado en el pensamiento a un profesor que, en el preuniversitario, impartía Física desde sus casi dos metros de estatura. A él dedicaré mi tiempo extra esta mañana. Y hasta busco su rostro por estos laberintos.
Le decían El Déspota. Había sustituido el uniforme del destacamento pedagógico Manuel Ascunce Domenech por una camisa azul de mangas largas y un pantalón de pinzas. Era el año 1980 del pasado siglo. Todos los martes, en un aula del segundo piso de aquella escuela, él iniciaba sus clases con la ética de Albert Einstein, físico alemán de origen judío, nacionalizado suizo y estadounidense después –como decía con su voz que era tan descomunal como su cuerpo– y más tarde impartía el contenido.
A mí, en rigor, de Física me importaba más la historia de sus clásicos que las fórmulas y los problemas, algo que él supo enseguida; por eso me sentía aludida cuando se acercaban los exámenes y el hombre sentenciaba: “El que nace pa´suspenso del cielo le caigo yo”, y me sonaba como una afrenta cuando lanzaba una pregunta y sin que nadie levantara la mano espetaba: “Veintisiete, póngase de pié!” (llamaba a todos por el número de la lista, casi desde el primer día).
Había que hablarle entonces, con pelos y señales, de la Teoría de la Relatividad, traducirle el texto de una canción de Los Beatles, o explicarle cualquier asunto acerca del amor a nuestra edad… Siendo así, aprender era la única opción. Entonces uno iba sabiendo, y ello conducía hacia otros cuestionamientos que complementaban su imagen de caudillo sedicioso: mi profesor tenía unas muletillas que hacían pensar que mezclaba las leyes físicas con la cotidianidad de la gente: “Todo depende de…, Todo es con respecto a…”, para nosotros, en franca alusión a la Ley de la Relatividad; o “Pende de sus cabezas La Espada de Damocles”, que nos insinuaba a la de Gravitación Universal.
Avanzó el curso lectivo, y me satisfizo no suspender ni una prueba de la asignatura. Incluso una vez subí la nota. En nombre de las horas de sueño dedicadas al estudio, le pedí revisión de examen al El Déspota, como lo apodó alguien un buen día y, de boca en boca, se le quedó el alias hasta que yo recuerdo. Con la secretaria docente entre ambos, revisó las cinco preguntas, y cambiaba algunos de los números rojos que sumaban el 72 al lado de mi nombre en la lista del mural. Al terminar me dijo: “Veintisiete, tienes 89, tenías razón”; sin una sola dentellada, sin un solo gesto de agravio.
Desde entonces, siempre que hablaba de él, cualquiera que fuera el entorno, lo llamaba El Físico. Así fue en mi caso y en otros de los del grupo que avistaron todo lo que había de especial en aquel hombre amargo y recio, mientras muchos no pudieron nunca percibir aquello que él dejaba en el aire. Y, entre lo uno y lo otro, el Físico vivía de trance en trance.
Recuerdo el 9 de diciembre. Él estaba de guardia y organizaba la entrada al docente y la salida hacia el campo. Ya casi vacía el área de formación, se supo que no iba a venir la guagua que debía trasladar a las niñas de mi grupo hacia los canteros de tomate. “Vamos, que hay que irse a pie!”, dijo el jefe de Producción. El Físico decretó “No, son varios kilómetros, no van”; y a la insistencia absurda del otro ripostó con un insulto decisorio: “No van, si es porque te sale a ti de los timbales, no van”. Y no fuimos.
Ese día el mundo lloraba a John Lennon. El Físico bajó las escaleras, se reunió con nosotras en la plazoleta y nos invitó a hacerle un tributo al exbeatles asesinado en el Dakota hacía unas horas. En sus manazas traía un cartoncito rectangular con unas letras negras que por un instante se me parecieron a la archiconocida ecuación E=mc². “Vamos a los alrededores a traer unas flores para ponerlas en este banco”, apuntó. A la vuelta de unos minutos estaba el banquito de mármol cubierto de Marpacíficos. Entonces El Físico puso el cartoncito en el centro: RIP LENNON, decía en inglés. Y allí quedaron, a los ojos de quien quisiera ver, nuestras las honras al autor de Imagine, quien no había hecho más que cantarle a la vida.
Decían después que en el análisis defendió la ausencia al campo de una docena de niñas con un argumento –casi– físico: a pie no tenían tiempo de ir y virar antes de la 1.00 de la tarde, hora de clases; y que cuando le preguntaron el por qué el cartelito en Inglés en vez de en Español, él respondió que así Lennon iba a entender mejor, argumento que parecía salido del aire y no de aquella estatua de sal.
Pasados 34 años El Físico vive, dicen que habla varios idiomas. No sé si aún lo hace acerca de la materia, de la equivalencia masa-energía, de los viejos Einstein, Newton y Lorentz; pero su recuerdo y su esencia hoy me hacen buscar su rostro cada vez que me salta a la vista un cartel con el reclamo más urgente de Cuba: FREE THE FIVE. Pudiera ser de él, tal vez para que Obama lo entienda.

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