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Como me gusta hablar español

Un amigo poeta que vivió una corta temporada en España, me visitó a su regreso y entre otras cosas me comentó que tal o más cual oferta era un chollo, y que tal o más cual puesta en escena era una pasada. Luego me aseguró que flipaba al leer cierto libro de autoayuda gracias al cual superó un desafortunado lance sentimental. Finalmente me mostró unos zapatos que había comprado en El Corte Inglés porque los encontró muy guay. Las “c” y las “z” competían con las “s”; las “v” trataban patéticamente de separarse de las “b”, y esas peculiaridades singularizaban su dicción, tanto que me hizo comprender que estaba ante un desconocido, o ante el extraño en que mi amigo quería convertirse, por encima de lo que su origen marcaba.

Reaccioné, le puse en el equipo de música un disco de Pedro Luis Ferrer: Qué sanga más dongo, / qué dongo más sanga, / qué sangandongo más burundanga…, le leí unos poemas de Eloy Machado, El Ambia, y empecé a hablarle en términos cubiches: “le ronca el merequetén”, “dale Juana con la palangana”, “le zumba el mango”, “fulano está dando tángana”, “a mengana le dio un tarantín y a esperencejo un soponcio”.

Quería hacerlo reaccionar, pero fue en vano; tuvieron que pasar varios meses para que recuperara, por cuenta propia, la normalidad. Ignoro las causas, pero no son pocos los cubanos que padecen una especie de servilismo lingüístico, derivado de complejo de inferioridad, que los convierte de la noche a la mañana en papagayos fantoches. ¿Quién no ha chocado con parientes o amigos llegados desde Miami que nos bombardean constantemente con los “bye”, los “cumple”, las “compu”, los “pone”. Lo peor es que no son pocos los que, aquí mismo y en este momento, incorporan ese léxico del apócope light.

Paradójicamente, no es en el populacho donde con más fuerza se manifiesta esa aberración, sino en un sectorcillo intelectual que de la misma forma en que antes imitara al surrealismo hoy se desprende de su léxico vergonzante, pese a la demostrada riqueza metafórica que nos asiste.

Afortunadamente, es el lenguaje popular el que le incorpora a la lengua, con apreciable frecuencia, nuevos vocablos que la Real Academia acepta, no siempre de manera expedita. Americanismos, cubanismos, mexicanismos, todas las regiones de Nuestra América enriquecen el idioma sin que este emita el más mínimo resquemor. A veces me pregunto si aquel afán de mis compatriotas por desprenderse de su dicción y léxico natales tiene una explicación en lo político, pero entonces me respondo que en ese caso, atendiendo a que los grandes teóricos fundadores de las ideas de izquierda fueron europeos, me hallo ante una paradoja. No hay relación entre nuestro devenir socialista y esas aberraciones poscoloniales.

De la misma forma en que esa actitud del poeta amigo me disgustó, me disgustan hoy los afanes imitativos de quienes tienen en sus manos los poderosos medios de comunicación audiovisuales e importan modos y mohines, frases y gestos, construcción de escenografías lumínicamente esquizoides y magnificación de individualidades. El propósito parece ser entontecernos con espacios competitivos, modélicos en la legitimación de lugares comunes. Comerciales a todo costo, disfrutan su trabajosa y desechable categoría de epígonos. Ni el ridículo los avergüenza.

De nuevo en el terreno de la música, ya cité la guaracha de Pedro Luis Ferrer, llena de deleitosos cubanismos. Antes tuvimos composiciones como “Si me pides el pescado te lo doy”, “Qué manera de gustarme tu cosita, mami” y “A esconderse que ahí viene la basura”, entre otros. La música popular, pura picardía y connotaciones, coloreaba nuestra cotidianeidad con diálogos, situaciones y giros donde el humor alusivo cumplía con eficacia su rol. Hoy ocurre exactamente lo contrario. El surgimiento del fenómeno, brutalmente denotativo, del reguetón, vilipendiado con justicia desde el rigor cultural, nos devolvió a los enunciados más primitivos, los que quizás no usaran ni los mismos caníbales. Veamos solo un par de estrofas:

Mejor dime que me extrañas,
que
tas loca de hacerlo conmigo,
baby, yo sé que tú me quieres,
me pides que te la eche adentro del ombligo.

Digan lo que digan, ven, trépate encima,
quédate sin ropa, pero déjate las Adidas.
Yo sé que a ti te motiva cuando te toco el área sensitiva,
después quieres que prosiga y te la deje
toa llena’e saliva.

Esos que españolizan o miamizan nuestro español (mexicanizan, chilenizan o argentinizan, da igual) se erigen símbolo de una desnaturalización que se ceba, en el primer caso, en una conciencia de ser subalterno frente a ciertos paradigmas occidentales. Los que descuartizan el idioma y la decencia hacen que no olvidemos la globalización de la barbarie expresada como reafirmación de una anarquía que empieza en la indisciplina social y se vale del dialecto marginal para plantar bandera.

La emisión del Decreto 349, que tanta polvareda levantó, pretendió con toda justicia elevar un muro de contención ante esto último, pero no ha rendido las ganancias esperadas. El furibundo ataque a ultranza de los críticos de la Revolución, que nos lo quiso investir de censura, unido a que el acto legislativo no vino acompañado de una agenda lógica para su aplicación, lo hicieron caer en tierra infértil.

El lenguaje define nuestra relación íntima con los objetos, sujetos y sucesos alrededor de los cuales la vida enmarca sus contornos espirituales; viene a ser algo así como el alma de la atmósfera donde respiramos, recibida como el aroma de lo exquisito o el hedor de lo corrupto. Cada sitio tiene su lenguaje y a su ritmo se mueven los músculos y se activan los imaginarios donde crece nuestra identidad. Me niego a pensar que el lenguaje de mi Cuba, con tanta grandeza demostrada en su limpia poesía, necesite importar, de piernas abiertas, fórmulas lingüísticas y de dicción como las que mencioné, y mucho menos degradarse hasta hacerse incompatible con la ética, la civilidad, y el humanismo.

Por: Ricardo Riverón Rojas

La Ley Helms-Burton y Cuba

Clinton firmó la ley el 12 de marzo de 1996 dando complacencia a los personeros de la extrema derecha y de la mafia anticubana representada en Bob Menéndez, Ileana Ros-Lehtinen y Lincoln Díaz-Balart y a la extrema izquierda, como un supervisor, Jesse Helms. Foto: Archivo.

Estados Unidos es una gran potencia, la exposición máxima del capitalismo desarrollado. Desde la llegada de los primeros conquistadores británicos a suelo de América del Norte en el siglo XVI, su empuje capitalista fue arrollador. Creció ininterrumpidamente por décadas, llegándose a constituirse en un fiero rival de las potencias europeas. Tan es así, que apenas entrado el siglo XIX pudo proclamar ya su llamada Doctrina Monroe (“América para los americanos”, léase: la totalidad del continente americano para nosotros, los Estados Unidos), demarcando su territorio “natural” frente al capitalismo europeo.

Su expansión siguió imparable, siendo ya en los inicios del siglo XX quien marcaba el rumbo mundial, en todo sentido. Y fue después de terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1945, cuando quedó constituida como la gran potencia capitalista, líder absoluto del planeta. Devastada Europa luego de la contienda, con una Unión Soviética triunfadora en la guerra pero con grandes pérdidas materiales y humanas, Estados Unidos aparecía como imbatible. Productor de más del 50% de la riqueza mundial, con el monopolio del arma nuclear y un fabuloso desarrollo científico-técnico que superaba a todos, su hegemonía fue indiscutible.

Por años estableció el ritmo de la economía, la política, la cultura y la supremacía militar en todo el globo. El primer Estado obrero y campesino del mundo, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pasó a ser su gran enemigo. La Guerra Fría (enfrentamiento en el plano ideológico que no llevó al choque directo a estos dos grandes países, pero que se libró en terceras naciones, quienes pusieron los muertos y la destrucción) fue, para Estados Unidos, una forma de neutralizar el ideario socialista, y un gran negocio (la industria militar pasó a ser fundamental en su economía).

La gran potencia fijaba las reglas de juego de todo el mundo capitalista, haciendo de su moneda, el dólar, el patrón obligado de toda transacción comercial. Pero algo comenzó a suceder.

La pujanza espectacular de los primeros cuáqueros del Mayflower que crearon la grandeza norteamericana en los siglos XVII y XVIII comenzó a dar lugar a un hedonismo consumista que pasó factura. La sociedad estadounidense, convertida en imperio mundial hegemónico, consumía más de lo que producía. Eso es inviable, y la dura realidad mostró la falacia.

Como su poder global asienta en su moneda –que en realidad no tiene un genuino respaldo orgánico–, la deuda que fue contrayendo, técnicamente impagable por lo abultada, no traía especiales problemas. El mismo país emitía la moneda con que se pagaba la deuda. El resguardo último de su poder no fue ya entonces su economía sino sus fuerzas armadas. Estados Unidos se convirtió en el “matón” planetario, desarrollando un poder militar sin precedentes. Con la caída del campo socialista en la década del 90 del pasado siglo, si bien su economía no iba viento en popa como en décadas pasadas, su hegemonía no se discutía.

Pero el mundo empezó a cambiar en estos últimos tiempos. Caída la Unión Soviética y desaparecido el bloque socialista este-europeo, Estados Unidos vivió por unos años la ilusión de imperio absolutamente imbatible, sin rivales a la vista. Mundo unipolar, se dijo. Años después, entrado el siglo XXI, la República Popular China, con un complejo modelo de socialismo de mercado (“dos sistemas, un país”), pasó a ser una super potencia económica, y la Federación Rusa, recompuesta luego de su colapso y con un portentoso nuevo poder bélico, aparecieron como dos grandes desafíos a la hegemonía unipolar de Washington. La glotonería hiper consumista del american way of live, ya muy alejada de aquella ética puritana de los inicios, hizo que se detuviera su empuje inicial (más consumo que trabajo), siendo reemplazado en su papel de “locomotora de la humanidad” por otros esfuerzos. Hoy Estados Unidos produce apenas el 18% del producto mundial, pero sigue consumiendo alocadamente de un modo frenético. Eso, sin dudas, es insostenible, y hay que pagarlo.

Estados Unidos, desde la Doctrina Monroe de 1823 en adelante, consideró a América Latina como su natural patio trasero, su depósito de recursos naturales y mano de obra barata, además de mercado obligado para su producción. Eso fue así durante todo el siglo XX. Aunque –la historia la escriben los ganadores, pero los perdedores también la hacen– aparecieron posteriormente “piedritas en el zapato” para la dominación hemisférica de la Casa Blanca. En 1959 se da la primera revolución socialista en Latinoamérica, en Cuba. Posteriormente aparecen nuevas “irreverencias” contra el imperio: la Revolución Sandinista en Nicaragua en 1979, la Revolución Bolivariana en Venezuela hacia 1998 con su proclamado socialismo del siglo XXI y la nacionalización de las reservas petroleras. La lucha de clases y la dinámica de las contradicciones sociales insalvables nunca terminaron.

Todas esas afrentas (la historia no había terminado, pese a la ostentosa proclamación de Francis Fukuyama ante la caída del Muro de Berlín), más la reaparición de Rusia y China en la escena internacional como incuestionables nuevas potencias de alcance global, prendieron las alarmas de la clase dominante estadounidense. Más aún: la presencia de estos países euroasiáticos en la dinámica latinoamericana hizo ver a Washington que los tiempos habían cambiado. El mundo dejó de ser unipolar.

II

Cualquier intento de contestación al imperialismo capitalista en lo que la clase hegemónica norteamericana y su gobierno, la Casa Blanca, consideran como su “espacio natural” en Latinoamérica, fue siempre torpedeado. Intentos tibios, reformistas incluso, como Guatemala del 45 o Chile de los 70 con Salvador Allende, fueron pisoteados, pulverizados. Intentos claramente socialistas, como “osó” la Perla de las Antillas, ni se diga. La Revolución Cubana, desde su mismo inicio en 1959, fue un peligro a enfrentar para la política exterior de Estados Unidos.

Similar suerte de agresión corrió la experiencia de Nicaragua, asediada durante toda una década con una guerra descarnada, llevada adelante por la Contra (ejército irregular financiado por Estados Unidos), lo que le costó al país centroamericano 17,000 millones de dólares en pérdidas materiales y la muerte de 15,000 personas, lo que posibilitó en 1990 el retorno de la derecha capitalista al poder por vía electoral.

Algo similar le está sucediendo hoy a Venezuela, asediada en forma brutal por el imperio a través de todos los medios inimaginables, no descartándose la posibilidad de una intervención militar, quizá no directa, pero sí a través de un ejército mercenario copiado de la Contra nicaragüense. Aquí la situación se complejiza, porque no solo está el “mal ejemplo” de un país latinoamericano que quiere levantar la voz en forma soberana, sino que Venezuela cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo, lo que posibilita su explotación y comercialización por varias décadas, quizá hasta fines del presente siglo. Ello, para la voracidad de la clase dominante estadounidense, sería un salvoconducto para evitar su caída económica, puesto que dicha reserva, de agenciársela, se comercializaría solo en dólares, con lo que las nuevas monedas que entraron a tallar en el plano internacional (el yuan chino, el rublo ruso, las cestas combinadas), perderían vitalidad ante un petróleo dolarizado, elemento básico para las sociedades actuales, cada vez más industrializadas.

¿Por qué ese encono de la gran potencia americana contra la Revolución Bolivariana? Simplemente porque esas reservas (305,000 millones de barriles de crudo de la Franja del Río Orinoco), ahora manejadas por el Estado venezolano, puestas en manos de las petroleras estadounidenses (Exxon-Mobil, Chevron-Texaco, Conoco-Phillips, Amoco, etc.) le devolverían la dinámica perdida al imperio. Pero la presencia rusa y china en Venezuela desespera a Washington. De ahí esta fenomenal avanzada contra todo elemento que le haga sombra, que contradiga su hegemonía continental. Por eso, con el mayor descaro y cinismo, las actuales autoridades norteamericanas “protestan por la injerencia rusa” en el país petrolero. Justamente Estados Unidos, que dispone de 74 bases militares en territorio latinoamericano cuidando sus propios intereses. “Los pájaros tirándole a la escopeta”…

Cuba no dispone de esos recursos naturales, pero sigue siendo un ejemplo de dignidad y soberanía; de ahí que, al igual que contra Venezuela y contra Nicaragua, ahora se redobla la agresión por parte del imperio. La Revolución Socialista de Cuba es un “mal mensaje” para los pueblos vecinos. Por eso debe silenciarse.

III

En realidad, en Cuba el bloqueo comenzó casi inmediatamente después de producida la Revolución, a partir de una orden ejecutiva del por entonces presidente John Kennedy, estableciéndose la prohibición de comerciar con la isla, la interdicción para barcos estadounidenses de llegar a puertos cubanos, la proscripción de realizar transacciones financieras con el gobierno de La Habana, todo lo cual fue endureciéndose paulatinamente. De todos modos, la agresión contra Cuba no solo no terminó con el fin de la Guerra Fría en los años 90 del siglo pasado sino que se incrementó luego de ello, incluso presentándose abiertamente como política de Estado de la Casa Blanca, estableciéndose los mecanismos necesarios para que ningún gobierno de Washington pudiera dar marcha atrás con esa línea estratégica.

El bloqueo nunca terminó, y las formas de tratar de contrarrestar la Revolución fueron interminables. Al igual que está haciendo el imperio hoy con la República Bolivariana de Venezuela, intentó cuanta cosa se le pudo ocurrir para revertir el proceso iniciado. Invasiones armadas, ataques bacteriológicos, sabotajes de los más variados, intentos de magnicidio contra el líder Fidel Castro, guerra psicológica, y un inmisericorde bloqueo económico, sistematizado en su momento por dos instrumentos jurídicos: la Ley Torricelli (aprobada en buena medida con fines electorales por el entonces presidente George Bush padre para ganar el electorado anticubano de Florida, en 1992), y posteriormente por la llamada Ley Helms-Burton, en 1996, bajo la presidencia de James Carter.

Como dice Ricardo Alarcón en su prólogo al estudio de Frances Stonor “La CIA y la Guerra Fría cultural”: “Las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996) proclamaron abiertamente sus propósitos de derrocar al régimen revolucionario valiéndose también de la subversión interna con el empleo de grupos respaldados por Washington. Desde entonces encaramos dos proyectos Cuba: el que lleva a cabo clandestinamente la CIA desde 1959, y el que desde los noventa corre a cuenta del Departamento de Estado y la llamada Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID)”.

En 1996 es aprobada la “Ley para la Libertad y la Solidaridad cubanas (Ley Libertad)”. La misma fue presentada por Jesse Helms, Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, y Dan Burton, Presidente del Comité de Asuntos Hemisféricos de la Cámara de Representantes. “Es hora de apretar los tornillos”, dijo Helms. “El último clavo en el ataúd [de Fidel Castro]”, agregó Burton, al momento de presentar la iniciativa. La ley, ya aprobada, se conoció desde entonces como Ley Helms-Burton. Intenta sistematizar y codificar todos los intentos de agresión y bloqueo económico del imperio contra Cuba, fijándola como política exterior oficial de Washington, inmodificable.

Contiene cuatro capítulos: el primero de ellos, para fortalecer el bloqueo; el segundo establece un programa de restauración del capitalismo; un tercero que permite enjuiciar a los inversionistas que inviertan en propiedades estadounidenses nacionalizadas durante la Revolución (que nunca entró en vigencia); y un cuarto que niega visas a aquellas personas que trafiquen con propiedades reclamadas por Estados Unidos, impidiéndoles a ellos y a sus familiares ingresar en el país del Norte al no otorgarles visas. Al mismo tiempo establece la figura de un presunto “virrey”, nombrado por Washington, que coordinaría todas las acciones tendientes a restablecer el sistema capitalista en la isla, negándosele en la tarea toda participación a cubanos que hayan formado parte de la Revolución.

El bloqueo, de todos modos, no se levantaría hasta tanto no se haga efectiva la devolución de todas las propiedades de ciudadanos estadounidenses, o se estableciera una compensación económica, estimada por algunos cálculos norteamericanos en aproximadamente 100,000 millones de dólares. Por lo pronto, la empresa petrolera de origen estadounidense Exxon-Mobil acaba de presentar una demanda en un tribunal federal de Estados Unidos contra Cuba-Petróleo –CUPET–, propiedad del Estado cubano, y la empresa CIMEX S.A. –encargada de manejar las remesas–, por una refinería, gasolineras y otros activos incautados en 1960, pidiendo un reclamo de alrededor de 70 millones de dólares.

Como puede apreciarse, la iniciativa de hacer entrar en vigencia ese capítulo de la Ley Helms-Burton (el Título III) busca eternizar el bloqueo hasta lograrse el fin buscado desde siempre por la clase dirigente estadounidense y su administración en la casa de gobierno: terminar con la experiencia socialista en Cuba. Distinto a lo que sucede en Venezuela, donde sí hay recursos naturales imprescindibles para la economía estadounidense, en Cuba se trata de un mensaje político: “cualquiera que se intente ir de la égida de Washington lo pagará caro”. La injerencia es desvergonzada, absoluta; para patética evidencia, además de la ley en su conjunto, la Sección 115 donde se establecen “lícitas las acciones de inteligencia contra Cuba, para cumplir los propósitos del bloqueo”.

Como Estados Unidos comienza a ver que Rusia y China están sentando sus reales en estas tierras, en su “zona natural de influencia”, reacciona airado. Y reacciona de la peor manera posible: mostrando descaradamente de lo que es capaz para no perder su american way of live hoy en declive. Si para ello debe apelar a sus más denigrantes argucias, incluida la muerte de venezolanos, nicaragüenses o cubanos, ello no parece importarle. Se sigue sintiendo el amo absoluto, dominador exclusivo del planeta, y con un presunto destino manifiesto que le confiere esa desvergonzada prepotencia.

IV

El 16 de enero pasado el Departamento de Estado de Estados Unidos anunció que suspendería la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton solo por 45 días, y no por seis meses como era norma de todas las administraciones desde que se aprobó la ley en 1996. Dicha suspensión, que se venía realizando sistemáticamente por todos los presidentes (reconociendo así tácitamente que dicho apartado constituye una monstruosidad jurídica del derecho internacional, absolutamente violatorio de la soberanía nacional de cualquier Estado, pues establece una demencial extraterritorialidad de una ley nacional) fue ahora modificada, según declara Washington “para realizar una cuidadosa revisión a la luz de los intereses nacionales de Estados Unidos y los esfuerzos por acelerar una transición hacia la democracia en Cuba, e incluir elementos tales como la brutal opresión del régimen contra los derechos humanos y las libertades fundamentales y su inexcusable apoyo a los regímenes cada vez más autoritarios y corruptos de Venezuela y Nicaragua”.

Con la entrada en vigencia de ese apartado de la Ley a partir del pasado 2 de mayo, el gobierno de Estados Unidos no busca la protección de antiguos propietarios norteamericanos sino que es una maniobra más para asfixiar y poner de rodillas la Revolución. En realidad es parte de un diabólico plan pensado por la actual dirigencia de la Casa Blanca, ultra reaccionaria y visceralmente anticomunista (Donald Trump, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Pence, Elliot Abrams, Marco Rubio), tendiente a desarticular cualquier intento de soberanía nacional en la región, y ratificar a fuego la tristemente célebre Doctrina Monroe: “América para nosotros; China y Rusia ¡fuera de aquí!

De aplicarse enteramente el Título III de este instrumento jurídico, todo cubano perdería inmediatamente cualquier certeza jurídica respecto a cosas mínimas y elementales, como la casa donde vive, la comunidad donde está su vivienda, la escuela a la que concurren sus hijos, el sitio donde está emplazado el centro de salud al que asiste, el terreno donde cultiva, su centro de trabajo. Evidentemente, es una medida perversa para intentar asfixiar a todo un pueblo, porque cualquier persona podría ser objeto de una reclamación. Ello tiene efectos económicos, y más aún: políticos y psicológicos. En otros términos: busca desesperar. Es una repugnante forma de ejercer presión. ¿Qué haría el lector, por ejemplo, si ahora se entera que una empresa norteamericana viene a reclamarle su casa como propia y le pide una cuantiosa indemnización en dólares? Es demencialmente perverso.

Quien hurgue un poco en el pasado –explica acertadamente Rosa Miriam Elizalde– comprobará que cuando triunfó la Revolución, el gobierno caribeño llegó a acuerdos de compensación con Reino Unido, Canadá, España y otros países, salvo con Estados Unidos, porque se negó a cualquier entendimiento mientras, en secreto, planificaba la invasión por Playa Girón en 1961”.

De hecho, la Ley Helms-Burton no tiene valor en territorio cubano porque es una ley extranjera, válida solamente en Estados Unidos. Un Estado soberano no puede aplicar una ley externa a su territorio; eso va diametralmente en contra del derecho internacional. Pero para la prepotencia estadounidense, por lo que se ve, eso no importa. “La ley persigue varios propósitos. En primer lugar, internacionalizar el bloqueo económico, tratar de que la comunidad internacional, lejos de repudiar el bloqueo económico como hace año tras año, se incorpore al sistema de sanciones contra Cuba”, analiza Fernández de Cossio. Del mismo modo, busca “disuadir, inhibir la posibilidad de que capital extranjero llegara a Cuba en la modalidad de inversión extranjera”.

Es evidente que la clase dirigente de Estados Unidos comprendió a cabalidad el peligro que comienza a correr: su hegemonía absoluta e indiscutible de décadas atrás está en entredicho. Su gran poder económico de antaño, por la misma razón de un consumo despilfarrador voraz, incontenible, se ha perdido. Consume más de lo que produce, y eso no es sano; por el contrario, es una enfermedad terminal que nunca puede acabar bien. Ahora debe mucho más de lo que tiene, y eso debe pagarse. Y las armas, la pura fuerza bruta, ya no es garantía total de triunfo. El renacer de Rusia como hiperpotencia militar, demostrada en Siria donde impidió el triunfo de las fuerzas estadounidenses con tecnología que está unos cinco años por delante del desarrollo norteamericano, enfurece. Y el crecimiento espectacular de China como nuevo centro económico del mundo la pone muy nerviosa. El “nuevo siglo americano” para el siglo XXI que pedían los Documentos de Santa Fe está puesto en entredicho. Los pueblos están reaccionando y hay nuevos actores principales en la arena internacional.

La actual profundización de la agresión contra Cuba es un acto inmoral, absolutamente reñido con el derecho internacional y las normas mínimas de convivencia civilizada. De esa manera, Estados Unidos echa al traste toda la construcción civilizada que implican las normas mundiales de sana y pacífica convivencia, el derecho internacional y los esfuerzos concentrados en la Organización de Naciones Unidas. Pero ello parece no importarle.

Esa clase dominante de Estados Unidos, al ver perder su supremacía y al comenzar a notar síntomas de deterioro, está reaccionando de forma desesperada. Ahí está el peligro, porque agobiada como se empieza a sentir, puede apelar a las salidas más inimaginables en contra de los pueblos, solo para preservar sus privilegios. Nunca hay que olvidar, de todos modos, que jugar con fuego puede quemar. La eventualidad de una nueva guerra mundial es escalofriante, porque las posibilidades de destrucción total de la especie humana con los armamentos que se cuenta hoy día están a la vuelta de la esquina. En tal sentido, es una responsabilidad ética de todos los habitantes del planeta condenar estas demenciales medidas injerencistas como la entrada en vigencia plena de la Ley Helms-Burton. Nunca más oportunas que ahora las palabras –plásticamente representadas en una fabulosa obra pictórica– de Francisco de Goya: “el sueño de la razón produce monstruos”.

El tamaño del dolor

Lo que no sé es si el mismo Lula sabrá el tamaño de su dolor.

Tomado de Página 12

Poco después de las doce del mediodía del viernes Arthur, de siete años, murió. Había sido internado en un hospital de San Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de la ciudad de São Paulo, cinco horas antes. Diagnóstico: meningitis aguda. 

Se pasaron unos veinte minutos y sonó el móvil del jefe de la Policía Federal en Curitiba, donde el abuelo de Arthur está detenido desde abril del año pasado. Y le tocó al funcionario transmitir la noticia al preso. 

El abuelo se llama Luis Inacio Lula da Silva, fue el presidente más popular de Brasil en las últimas seis décadas –hay los que afirman que el más popular de la historia– y ha sido condenado en un juicio totalmente manipulado por un juez de provincia llamado Sergio Moro, transformado por los grandes medios hegemónico de comunicación en una especie de paladín de la justicia. Un sujeto cuya integridad moral tiene la consistencia de las alas de un mosquito transmisor de rabia.

Arbitrario hasta mucho más allá de los límites de la decencia, ese juez ocupa ahora el ministerio de Justicia y Seguridad Pública del gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro. Ha sido el premio por meter Lula preso, en una sentencia absurda –“acto indeterminado”, dice literalmente, para luego aclarar que está basada en “convicciones”, o sea, sin prueba alguna– e impedirlo de disputar y ganar las elecciones presidenciales del año pasado.

Al escuchar la noticia dada por su carcelero, Lula se derrumbó en un llanto sin fin. De sus nietos, Arthur era el más allegado. Desde la muerte de doña Marisa, esposa del ex presidente, Arthur fue vivir con su padre, Sandro, hijo de Lula, y su madre, Marlene, en el departamento del abuelo. Amarga coincidencia: Arthur murió cuando se cumplieron treinta días de la muerte de Genival Inacio da Silva, el Vavá, hermano mayor de Lula que lo cuidó a lo largo de toda la infancia. 

Cuando de la muerte de ‘Vavá’, la justicia de la provincia de Paraná impidió que Lula fuese al entierro, un derecho que le era garantizado por ley. Ahora, autorizaron el viaje, pero con restricciones inmorales: el abuelo podría permanecer solamente hora y media en el velorio. ¿Por qué no hasta el final? ¿Por qué no?

Bueno, Lula es Lula: se quedó dos horas. Lloró varias veces. El despliegue de seguridad fue otra aberración: uno de los policías federales que lo escoltó usaba chaleco antibalas, gafas de sol, ostentaba un fusil y en el pecho exhibía un escudo de la SWAT de Miami, Florida. Docenas de policías militares cercaron la capilla en que se velaba el cuerpo del niño Arthur y al menos diez entraron en el recinto, en una grotesca falta de respeto a la familia. Más que un circo absurdo, una muestra clara del pavor que Lula sigue despertando entre los abyectos de este país podrido.  

Nada, sin embargo, se comparó a la actitud asquerosa de un pedazo de asco llamado Eduardo Bolsonaro, hijo del igualmente grotesco padre presidente: en las redes sociales, protestó contra el permiso –vale reiterar: asegurado por ley– para que el abuelo fuese al velorio del nieto. Y aprovechó para exigir que Lula sea transferido de la Policía Federal de Curitiba para una cárcel común. 

Tanto Eduardo como sus dos hermanos animalescos, el senador Flavio y el concejal por Rio de Janeiro Carlos, son íntimos, junto al papá presidente, de grupos de exterminio en Rio de Janeiro, los llamados “milicianos”. El cuarteto traba una intensa disputa interna para probar cuál de ellos es capaz de destilar más odio y rencor. Ese es el clan que ocupa el poder en mi país. Esa la obscenidad que impera día y noche.   

En poco más de un año Lula perdió a doña Marisa, a su hermano más cercano, a su nieto más allegado. Ayer, volvió del velorio a la celda y a la soledad más profunda. ¿Hasta cuándo aguantará? ¿Hasta cuándo este país de mierda seguirá aceptando lo que ocurre? ¿Hasta cuándo irá imperar la impotencia generalizada frente a una sucesión absurda de escándalos? 

Lula sabe que he sido crítico de muchos aspectos de sus dos mandatos presidenciales. Que he sido –y soy– crítico de muchos actos de su partido.

Pero también sabe de mi amistad a toda prueba, y de mi afecto. Lo que no sé es si el mismo Lula sabrá el tamaño de su dolor. Y de mi indignación por lo que este país nuestro está viviendo resignado, callado, avergonzado.

Te abrazo, mi buen amigo. En esta nota


Reunido en la emblemática plaza El pinero, el pueblo de la Isla de la Juventud celebró este viernes el aniversario 60 del triunfo de la Revolución Cubana, a cumplirse el próximo primero de enero.


Desde el año 1954, ocasión en que se proclamó en La Habana el 1ro de diciembre como Día del Locutor, la fecha resulta un alto en la cotidianidad para gratificar a los hombres y mujeres que a través de la radio y la televisión informan, orientan, inspiran…  

Muchos son los profesionales de esta especialidad que forman parte de la historia y el presente de la emisora Radio Caribe, única de su tipo en la Isla de la Juventud: unos ya no están físicamente; otros, jubilados, siguen en la trinchera a través de la escucha y sus consejos; y está la hornada de hoy, que incluye locutores ya formados y de reciente incorporación.    

Mileidy García se refiere a la situación actual que tiene la emirora respecto a los locutores y al esfuerzo de muchos de ellos para la realización de los espacios de producción propia.

Mileidy García Peña, subdirectora de programación e información de la radio pinera transmitió su felicitación a todos y manifestó que con 16 locutores se garantizan los 39 programas de producción propia de la parrilla de programación que es de 24 horas. «Aunque pudiera parecer suficiente en números, se continúa trabajando en perfilar la política de voces», añade.

Egresada de un curso de habilitación para locutores hace alrededor de cinco años, la directiva se ha desempeñado ante los micrófonos, y el mensaje que tiene para sus colegas se enmarca en la superación constante: «ser locutor no es solo tener una buena voz, el conocimiento es la principal arma para poder decir, llegar, lograr una empatía».

La asesora y directora de programas radiales Claribel Videaux dio los resultados del casting a cada uno de los padres y niños que se presentaron. En la foto, el locutor William Peña y su hijo Arturo.

Voces para La mochila mágica

En coincidencia con el Día del Locutor, en los estudios de Radio Caribe se hizo un nuevo casting de voces para el programa infantil La mochila mágica, espacio que sale al aire con una frecuencia semanal.

Tras la convocatoria, se presentaron al examen ocho niños pertenecientes a diferentes centros de enseñanza primaria en la Isla de la Juventud.

«De ellos, cuatro fueron aprobados por sus magníficos resultados en canto, interpretación, fluidez, matices y otros aspectos que se miden dentro de la lectura; los otro cuatro fueron aceptados y también forman parte de la cantera de voces con las que comenzaremos a grabar La mochila mágica a partir del 14 de enero», reveló Claribel Videaux Palencia, asesora del infantil.     

Locutores de hoy y de mañana

William Peña Ramírez: la locución es la posibilidad de transmitir sentimientos y es también mucha perseverancia.

Hace más de 20 años del en que William Peña Ramírez escuchó por radio la convocatoria dirigida a los jóvenes pineros que desearan ser locutores.   

«Recuerdo que yo estaba en la barbería pelándome; me interesó y me motivó, me preocupé por oír bien la fecha y me dije ‘me voy a presentar y voy a aprobar‘», revela William. «Tenía el antecedente de que cuando estudiaba en la secundaria hacía como presentador en los actos culturales; llegué a Radio Caribe por esos días y aquí estoy».

¿Lo más importante de la locución?

–La posibilidad que te da el micrófono para transmitir sentimientos.

¿Y la cualidad que más necesita un locutor?

–La perseverancia.

Hoy, parece que el también psicólogo William Peña desea que sus respuestas acerca de una de las profesiones de su vida tengan un alcance infinito; y es porque se apresta a hablar de su hijo Arturo, que es como hablar de sí mismo en otras dimensiones. Arturo es uno de los niños que hoy aprobó el casting para el programa infantil: «Creo que yo no he influido mucho, al menos conscientemente. Mi hijo nunca había venido a la emisora, de modo que no sabe muy bien cómo es mi trabajo. Se enteró de este casting, se quiso presentar, y vinimos; aunque en esto no se trata solo de lo que él dice, sino también de lo que uno le ve». 

La gratitud del pueblo

En apenas 15 jornadas Radio Caribe arribará a su aniversario 60. Inmersos en los preparativos para la celebración, los radialistas pineros, especialmente los locutores, ponen de sí todo el amor que lleva ser la voz de su pueblo; y a cambio, así lo constamos quienes desde temparano recibimos llamadas de los oyentes en la cabina de transmisiones, reciben una inmensa gratitud.

Daimara Ortiz Blanco, locuora de programas grabados y en vivo; también forma parte del elenco de los dramatizados. En la foto conduce el programa musical Nuestro Danzón, decicado al baile nacional de Cuba.
En Radio Caribe en la Calle este 1ro de diciembre. Armando-Henríquez Jay, profesional de la locución con más de 30 años de experiencia.
Dayanet Lago Cáceres en el programa Radio Caribe en la Calle. Tiene más de una década de ejercicio como locutora.
William Peña, una de las voces del multipremiado programa Polimusical y de otros espacios como el noticiero estelar Radio Caribe.
Kenia Casamayor La Llave, feliz el Día del locutor. Su voz identifica la radio pinera.
Wendy Pérez Jerez, locutora de nueva incorporación. Es la voz del espacio de Fiesta Latina, dedicado a América Latina y su música.

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Los médicos cubanos llegaron a las comunidades más apartadas. Foto: Cubadebate.

Menos del 10 por ciento de los médicos brasileños que se inscribieron para cubrir las vacantes de los profesionales cubanos en el programa Más Médicos se presentaron a sus puestos de trabajo, de acuerdo con cifras oficiales del Ministerio de Salud de Brasil.

El decreto de convocatoria abierto el pasado 19 de noviembre para sustituir a los más de ocho mil quinientos médicos de la mayor de las Antillas había logrado suplir el 97,8 por ciento (8 319) de las plazas, según datos del sitio web oficial.

El presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, utilizó esa información para asegurar que estaba garantizado el reemplazo de los doctores cubanos y la continuidad del programa.

1074974329http://www.radiocaribe.icrt.cu/noticia/brasil-bolsonaro-empieza-perder/

bab8e08277a047fc7aaac95e570336520acdc08fLos médicos que arriban a su patria por estos días forman parte del contingente de alrededor de 20 mil colaboradores cubanos que han atendido en Brasil a más de 113 millones de enfermos.

EN CIFRAS

– Más de 700 municipios tuvieron por primera vez un médico, gracias a la presencia de los galenos cubanos.

– En la mayor parte de las misiones internacionalistas los gastos han sido asumidos por nuestro gobierno.

– En Cuba se han formado de manera gratuita 35 600 profesionales de la salud de 138 países.

Fuente: Viceministro de Salud Pública.

Foto: Dunia Álvarez Palacios

Foto Expo Fidel WWWEste 25 de noviembre en el museo municipal, sitio que atesora la memoria histórica de la Isla de la Juventud, tuvo lugar la apertura de la muestra fotográfica Huellas de un gigante, en homenaje a Fidel Castro Ruz, transcurridos dos años de su partida física.

La exposición agrupa instantáneas del Líder de la Revolución Cubana durante sus más de 40 visitas al territorio pinero posteriores a enero de 1959 y el libro Fotografías de Fidel, de varios autores.

Encabezan la colección imágenes captadas durante el primer periplo del Comandante por el territorio insular, incluidas las del discurso pronunciado por él en ese mismo sitio, otrora ayuntamiento de la localidad, donde dio a conocer al pueblo las 11 medidas del que, acorde con el contexto, se denominó Plan mínimo de rehabilitación.

Celia Hardy Rodríguez, directora del Museo Municipal, resaltó el simbolismo de la muestra al ser inaugurada este día porque indica la connotación de la fecha entre los lugareños, añadido lo alegórico que resulta el lugar escogido para ello.

«Desde este espacio Fidel le habló a los pineros en 1959, aquí expresó que esta ya no era la Isla de los deportados, ni mucho menos la Siberia de Cuba, sino la isla que íbamos a reconstruir en lo adelante con nuestros propios esfuerzos», recordó Hardy Rodríguez.

«El montaje obedece a criterios como la cronología de las instantáneas. De esta manera resulta una representación más fiel de los pasos de Fidel por la Isla, que comenzaron apenas cinco meses después del triunfo de la Revolución», agregó.

Momentos trascendentales como las visitas del Líder a Presidio Modelo, las fábricas de cerámica, las escuelas internacionalistas, así como la que realizó en 1985 en compañía de Javier Pérez de Cuéllar, entonces secretario general de la Organización de Naciones Unidas, figuran entre los pasajes que evoca la exposición, cuyo término está fijado para el 8 de enero próximo.

Esta actividad constituye la antesala del acto central que se desarrollará en la noche, en tributo a quien, como lo calificara la directora del también conocido en el Municipio Especial como Kilómetro Cero, es nuestro libro, nuestra guía.